La vieja casona estaba dentro de un predio que pertenecía al ingenio Amalia, en Olleros 1.200. En ella, hace unos 35 años, se creó la escuela Deán Funes. Con el tiempo sufrió numerosas remodelaciones, pero aún conserva como adornos las barandas de estilo colonial que engalanaban la galería del casco principal. A menos de 100 metros de las vías ubicadas sobre calle Bernabé Aráoz, se erige el establecimiento, al que asisten alumnos de Villa Amalia y de los barrios 11 de Marzo, Diagonal Sur y San Nicolás.
"La escuela siempre fue blanco de ladrones que ingresaban cuando no había nadie. Muchas veces simplemente hacían daño, rompiendo los focos, las puertas, quemando los libros de la biblioteca", contó la vicedirectora del establecimiento, Paulina Acuña.
Pero antes del asalto que sufrió la directora, Ana María García, ya tuvieron un antecedente de un robo mientras los chicos estaban en clases. "A la señora del quiosco que está en el patio le apuntaron con un arma para sacarle la plata. Estábamos todos en las aulas, y nos enteramos después", contó Acuña. El hecho ocurrió hace un par de meses.
A principios de año, cuando llegaron los conserjes a las 7, encontraron al lado de una de las tapias los ventiladores de las aulas. Estaban listos para llevárselos.
"Con las últimas reformas está más seguro. Al menos en las oficinas donde tenemos las cosas de mayor valor", dijo la vicedirectora, aunque reconoció que hace poco ingresaron a uno de los salones y se llevaron un televisor y sillas.
En las afueras
Los vecinos reconocen que la zona es insegura. "Nosotros estamos enrejados. En la pared de la escuela que está sobre Alberdi hay un grupo que se junta a drogarse. Yo paso por ahí y el olor es insoportable", comentó Andrea, que vive a metros del establecimiento.
Los docentes son víctimas constante de arrebatos en la parada del colectivo, ubicada a menos de 50 metros de la puerta de la escuela. Les quitan las carteras, los teléfonos y hasta las bolsas en las que llevan el material para la clase del día, contó Acuña. Patricia, que atiende un pequeño quiosco a la vuelta de la escuela, dijo que todos los días hay algún arrebato en la calle. "Se escuchan las corridas y los pedidos de auxilio. La mayoría son chicos, que cruzan las vías y se pierden de vista", comentó la mujer.